
Iba yo el otro día en el metro, en una cita sabadeña con mi Rubia. Me senté en el primer hueco que encontré y reservé el sitio de la esquina a ella, que sé que le gusta.
A mi lado estaba sentado un hombre argentino, inmediatamente reconocido por mí por su maravillosa forma de hablar. No le miré.
Al rato de ir viajando, se empezó a escuchar a los lejos un instrumento musical, que se fue acercando a nuestros sitios y se paró a unos pocos metros. En el movimiento que hice para ver quién lo tocaba, mi vista se posó en el acompañante del hombre argentino, esta vez con gafas; era un peruano. La extraña forma en la que estaba colocado me hizo remirar a través del cristal de enfrente. Allí estaban los dos; habían ido todo el rato hablando entre si, pero no me había fijado en que el argentino le rodeaba dulcemente con su brazo y el peruano se apoyaba en su pecho a punto de llorar. El argentino sólo tenía palabras hermosas para su acompañante y el peruano en un momento en el que dejaron de hablar, tan sólo acertó a oír la música y a decir “por favor, no dejes de tocar”. Parecía una súplica con unas lágrimas que no acerté a ver pero que no faltarían seguramente y con una tristeza ensordecedora. Y acto seguido, el argentino le estrechó contra si más aún y se enmudecieron los dos.
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