domingo 20 de marzo de 2011

Dejaremos nuestra huella con esta leyenda histórica-artística.

Cuenta la leyenda, que hace mucho, mucho tiempo, en una lejana facultad mugrienta y hostil de Madrid, apareció un ser monstruoso que no dejaba de comer cebollas. A tanto llegaba el hecho, que aquel ser fue apodado… “El Cebollino”.

Pero la verdadera historia no empieza aquí. Retrocedamos un poco en el tiempo y podremos ver a un señor mediano, calvo y gordo dejar atrás el portal de su casa y dirigirse al médico de cabecera. Una vez sentado frente al doctor, éste le comunica de manera oficial que su cuerpo no acepta más comida normal; su sangre no es humana, su cuerpo se está pudriendo por dentro porque no recibe el único alimento que le puede proporcionar una vida más digna y fiable. Es sentenciado a no volver a comer nunca más en su vida nada más que cebollas, y limones como única bebida.
Desde aquel día, aquel hombre no fue el mismo. Aceptó su vida de cebollas y ni por un momento se le pasó por la cabeza encerrarse en su mundo de cebollas, lo compartiría con el resto del mundo para nunca sentirse solo. A los cincuenta años, tomó una decisión inevitable que siguió hasta el fin de sus días.

Cuando decidió acatar la idea de no volver a comer nada sabroso en su vida, decidió a la vez que en algo tendría que ocupar su tiempo en el que no tenía nada que cocinar, nada más que añadir en la lista de la compra salvo cebollas y limones. Así que, como hombre de provecho que había sido de joven, se volvió a apuntar a la universidad.
Dicen que todos los días era visto en tres ocasiones en la cafetería de aquella inerte facultad, escasa de hombres y llena de movimientos políticos y religiosos que no sabían apoyarse mutuamente en ninguna ocasión. En la hora del desayuno y merienda, el hombre cebolla pasaba más desapercibido, pero a la hora de la comida era visto por cientos de alumnos. La gente prefería dejar de comer a sentarse a su lado a hacerlo pues el olor que desprendía recordemos que no era humano.
El ritual siempre era el mismo; cebollas partidas metidas en vasos y gafas de sol colocadas en sus ojos estratégicamente cuando se acercaba a observar el resto del menú que no podía probar, pues decían que si tu mirada se cruzaba con la tuya, quedabas convertido inmediatamente en una cebolla pequeña que a continuación el introducía en su mochila y era devorada días después.

La leyenda, que ha pasado por el boca a boca gracias a los alumnos por allí presentes, no ha podido ir más allá pues resultó que un día cualquiera, un jueves normal cuando se servía paella para goce y disfrute de los alumnos extranjeros, El Cebollino no apareció.

Años después se convirtió en un prestigioso filólogo hispánico, catalogado como uno de los más excelentes investigadores de la materia y sin duda, el mejor historiador de cebollas. Pero lo más curioso es que nunca se le vio más en aquella cafetería, ni en aquella biblioteca del cuarto piso donde quizás confabulaba sobre cómo mejorar su dieta, estudiaba a ciencia cierta las virtudes de las cebollas o simplemente mataba el tiempo porque él ya hacía muchos años que era un erudito y nadie quería darse cuenta.




Dedicado a todas las que hemos contemplado con nuestros ojos que la leyenda aún sigue viva.

1 comentarios:

  1. Jajajajajaja!!!! No puedo parar de reírme!!!

    He de apostillar que aquel jueves que no apareció estaba en otra cafetería de otro edificio comiendo cebollas y llevando su propia leyenda más allá de Geografía e Historia xDDDD

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